Un amor que contrarresta a la negación

En muchas ocasiones, cuando tenemos un síntoma estamos escondiendo una parte de nosotros mismos. Es decir, hay algo que no nos permitimos expresar o experimentar. Vamos a utilizar la psicología de Carl Gustav Jung para darnos cuenta de qué es esto de un amor que contrarresta la negación. Primero, entendamos que este amor no podemos considerarlo como ese verdadero amor incondicional pero sí tomarlo como la puerta o el trampolín que nos lleva hasta él. Jung descubrió que la mente está dividida entre la personalidad (ego) y las sombras. Él definió al ego como un conjunto de creencias que rechaza todo aquello que no sirve a sus propios intereses. Todos los pensamientos, creencias, sentimientos, emociones y percepciones que son rechazados por el ego se convierten en sombra. De esta forma, las sombras se convierten en una información que impide la coherencia y el desarrollo de la biología ante la adaptación al medio. Nuestro inconsciente tiende a proyectar la sombra en nuestra realidad para que podamos integrarla y, sobre todo, experimentarla de una manera que no resulte conflictiva para la biología. Cuando nos encontramos en nuestra realidad algo que nos desagrada, generalmente lo juzgamos y lo “condenamos” porque lo percibimos desde el ego, es decir, como algo separado de nosotros que sucede completamente al margen de nuestras acciones. Es así como nuestra propia sombra manifestada en nuestra vida vuelve a ser rechazada y, por tanto, a dividir nuestra mente aún más. Al ser nuevamente sombra, el inconsciente vuelve a proyectarla en la “pantalla del mundo”. Es un bucle que tiene una solución muy sencilla. Jung nos decía que para liberar la sombra y dejar de estar sometidos a ella sólamente tenemos que permitir experimentarla con la mayor ecuanimidad posible.

Si nuestra mente está dividida, debemos identificar con claridad que nosotros seríamos la parte pensante del ego, la de la personalidad. Seríamos todo aquello que creemos de nosotros mismos, lo que creemos del mundo, de las personas de nuestro alrededor,etc… En verdad, esto nos da una identidad, que aunque es falsa, goza de la autonomía suficiente como para fomentar esa división mental o desconexión de uno mismo. Ahora bien, a un nivel inconsciente, tenemos una programación que se sustenta en todo aquello que sí somos pero que estamos reprimiendo ya que no se adapta a los intereses y creencias del ego. Estas sombras se van acumulando en el inconsciente, generando síntomas físicos o situaciones repetitivas que nos generan malestar. Jung nos decía que al experimentar la sombra soportamos la tensión entre los opuestos. A este proceso lo llamaba individuación, siendo como resultado una verdadera sensación de libertad, ya que al permitirnos ser lo que nunca seríamos desde el ego, acabamos con la necesidad de posicionarnos porque ya no pensamos en términos duales de bueno o malo, mejor o peor, correcto o incorrecto,… y así los juicios pertenecientes al ámbito del ego dejan de ser verdades absolutas en virtud de su propia naturaleza irreal. Aquí es donde actúa la plasticidad neuronal, dando el margen para cambiar que aporta la oportunidad de duda y el fin de la necesidad. Es decir, que ya no estamos sujetos a una creencia “fija e inamovible” ni sometidos a su opuesto, sino que ahora gozamos de la información que nos da la experiencia del opuesto y esto nos da verdadera capacidad de elección ya que no existen apegos. Por eso Jung decía que es a través de las sombras como llegamos a la verdadera libertad.

CGJung

“Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma” Carl G. Jung

Ahora bien, ¿por qué para muchas personas resulta tan complicado? Tomemos conciencia de que toda resistencia es una forma de apego. Por ejemplo, imaginemos una persona que ama el sol y detesta la lluvia. La lluvia sería su sombra. La creencia consciente sería que el sol es bueno y la lluvia no. Cuando quiera experimentar su sombra y salir a la calle un día de lluvia para permitirse sentir lo que nunca se permite, su capacidad de “entregarse a la lluvia” dependerá de lo flexible que sea con la creencia de que el sol es bueno. Si se permite dudar, es decir, si en lugar de afirmar “el sol es bueno”, dijera ¿el sol es bueno? sin esperar respuesta, automáticamente le costaría menos experimentar la lluvia. Por tanto, es el apego a la creencia consciente lo que crea resistencias para experimentar la sombra inconsciente. Esto sucede porque vivimos en un universo de opuestos, donde no existe el blanco sin el negro ni la muerte sin vida, y en la misma medida que nos apegamos a un “polo” creamos automáticamente el otro. Jung decía que “el camino a la iluminación no sucede con la búsqueda de luz, sino a través de las sombras”. A través de ellas encontramos el oro más puro del ser humano ya que nos liberamos de esa cárcel que nosotros mismos nos creamos apegándonos a las creencias del ego. En este proceso, comprendemos de una manera profunda, que nosotros no somos ni las creencias conscientes ni las sombras, sino que somos “algo mayor” que experimenta todo eso. Es cuando nos identificamos, cuando nos posicionamos y cuando “tenemos razón”, cuando realmente nos condenamos. Y así es también, como cuando nos permitimos dudar, cuando dejamos de ser nosotros haciendo lo que nunca hacemos, cuando nos escuchamos para comprender nuestros apegos, como nos liberamos. La fórmula entonces sería permitirse experimentar una creencia opuesta a la consciente sin identificarse ni con una ni con otra. Sencillamente ser una y la otra. Al tener la experiencia con ecuanimidad, aflora la información biológica que marcaba esta pauta en la mente, comprendiendo así el sentido y el propósito biológico de este ciclo en su raíz. La información puede tener su programante en una situación de la infancia, en una emoción no expresada de la madre durante el embarazo o tener su origen en el árbol transgeneracional (epigenética).

Como decía, este amor que contrarresta las resistencias no es un verdadero amor incondicional, pero sí nos sirve de puente para llegar a la información más profunda almacenada en el inconsciente y así alcanzar una percepción que trasciende la dualidad y a un estado de puro amor incondicional donde no hay ni un ápice de lucha interna ya que, después de experimentar la sombra, no queda ni un ápice de necesidad o de resistencia en la mente. Tan sólo queda un remanente de paz que viene dado por la comprensión profunda de una parte de nosotros mismos, facilitando un estado de conciencia que se permita identificar con la propia experiencia y no con el juicio que hace el ego sobre la experiencia.

Existe una pregunta que una vez formulada en la mente, deja en evidencia la incapacidad del ego para responderla. Esta pregunta es ¿quién soy? La mente consciente no puede responderla porque ni ella misma sabe qué es ni cómo opera. Tiene sentido entonces la ilusoria realidad del ego, pues si no rechazara lo que no entiende, su existencia sería conscientemente ilusoria y llena de sinsentido. Por deducción, si queremos descubrir quiénes somos en realidad debemos apelar a algo externo a la propia mente. Esto se consigue experimentando la sombra y logrando no identificarse con ningún pensamiento que sea dual. Como puedes ver, no se trata de negar la dualidad ni de ignorar los juicios de la mente pensante, más bien de trascenderlos. Una vez logrado, ya sí podemos hablar de un verdadero amor incondicional, pues aceptamos con gratitud que por naturaleza somos aquello capaz de experimentarlo todo redefiniéndose a su paso con cada experiencia que la vida te pone delante. Somos la conciencia que ha venido al mundo a experimentar, a guardar y resolver información, a crecer con el conocimiento de quiénes somos y a transcender la dualidad desde la in-divi-dualidad.

Entonces, para llegar a esa percepción imparcial y ecuánime, debemos usar el trampolín de la sombra, es decir, usar un amor que contrarreste las resistencias. Es así como pasamos de creer lo que queremos creer de nosotros mismos a aceptar con gratitud lo que somos. Sería la grandiosidad del ego versus la grandeza de Ser. El amor incondicional no se define como un concepto romántico o una filosofía que podamos aprender y ejercer, no. El amor es un estado y su calidad depende de tu voluntad. Recuerda que aquello con lo que te identificas te someterá y que si no te identificas con nada, lo serás todo.

“Tener amor con libertad es como ser un rey o una reina. Eso es el auténtico reino de Dios, el amor con libertad. El amor te da las raíces en la tierra y la libertad te da las alas.” OSHO

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Publicado el 25 mayo, 2016 en Autoconocimiento, BioNeuroEmoción y Nueva Medicina, Un Curso de Milagros. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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